Una nueva vida, un nuevo comienzo. Eso fue lo que dijo Juan Francisco a su mujer y a sus hijos cuando les habló de mudarse a la granja. Los miró uno por uno, viendo en sus caras la misma desconfianza que él mismo sentía por dentro. —Veremos las cosas de otro modo —dijo, cruzando los brazos como para darse valor—. Será más fácil.
El trabajo había llegado por el hermano del amigo del primo de su tío, el mismo que siempre aparecía en los tiempos difíciles, con esa sonrisa que prometía soluciones. Guardia de seguridad, le dijeron. Solo era vigilar las pantallas y avisar si ocurría algo fuera de lo común. La granja estaba en las afueras de un pueblo sin nombre, uno de esos lugares que el mapa ignora y la gente olvida. Un sitio donde el viento silbaba entre los postes de la cerca y las sombras se alargaban más de lo normal.
Fue así. Una propuesta, una mudanza, cajas de cartón y muebles viejos amontonados en un camión. Después de un mes, la monotonía se había instalado como un huésped permanente. Cinco monitores mostraban sin pausa los mismos rincones, ángulos muertos donde la oscuridad parecía más densa. Él aprendió los ritmos de los animales: las vacas que rumiaban hasta la madrugada, los cerdos que gruñían en sueños. Era fácil, pensaba. Demasiado fácil.
Esa noche la luna tenía un color distinto, un naranja oscuro que parecía manchar el cielo y teñir los campos de un resplandor enfermizo. Luna de sangre, decían los viejos del pueblo, y cruzaban las calles con la cabeza gacha, apresurando el paso. Juan Francisco recordó sus palabras cuando el dueño de la granja lo llamó esa tarde. —No dejes de observar —le advirtió, y su voz tenía un temblor que no correspondía a un hombre de su fortuna—. Bajo ningún concepto abandones el local. Ni aunque oigas ruidos. —¿Qué clase de ruidos? —preguntó Juan Francisco. Pero el hombre ya colgaba el teléfono, dejando la pregunta suspendida en el aire cargado de estática.
Las ovejas, que dormían plácidas siempre, comenzaron a moverse inquietas hacia la medianoche. Primero fue un balido aislado, luego un coro de nerviosismo que se propagó por el establo. En la pantalla de la cámara tres apareció una interferencia, rayas blancas que arañaban la imagen, y luego una sombra encorvada junto a la cerca. No era grande, pero tenía una forma que no correspondía a ningún animal del lugar. Juan Francisco se inclinó hacia adelante, hasta que su aliento empañó el cristal del monitor. La figura se irguió lentamente, con un movimiento que recordaba a un hombre muy viejo o a algo que intentaba imitar a un hombre. Por un instante pareció volverse hacia él, y aunque solo fuera un ojo de vidrio colgado de un poste, Juan Francisco sintió que lo miraban.
«¿Será algún lobo?», pensó, pero ya sabía que no. Los lobos no se paran en dos patas ni estiran el cuello para observar las cámaras. Al mirar con más atención, vio cómo la figura comenzaba a desplazarse hacia la salida, arrastrando los pies sobre la tierra seca. Poco a poco fue estirando su silueta, haciéndose más alta, más delgada, casi humanoide en su aspecto grotesco. Grandes dientes sobresalían en su boca, blancos bajo la luz anaranjada de la luna, y sus ojos, extrañamente negros, resaltaban como cuencas vacías sobre su pálida piel.
Horror. Fue lo que sintió Juan Francisco, un frío que le subió desde los tobillos hasta la nuca. Pánico al ver cómo la cosa se volteaba y observaba directamente a la cámara, como si supiera exactamente dónde estaba él sentado. Rápidamente levantó el teléfono, pero para su espanto no había tono, solo un silencio profundo que parecía absorber todos los sonidos de la noche. Marcando los números inútilmente, sintió el escalofrío de esa mirada que atravesaba el lente y la distancia. «¿Podría verme?», se dijo, y la pregunta le quemó la garganta. «¿Acaso a esto se referían con lo de anomalía?».
El temblor en sus manos era incontrolable, un temblor que le recordaba a su abuelo agonizante. Y esa sensación de final, como una losa sobre el pecho, le causó un espanto que nunca antes había conocido. La figura continuó acercándose lentamente, sin prisa, como si el tiempo no existiera para ella, hasta encontrarse cara a cara con el lente. Tan cerca que Juan Francisco podía distinguir las grietas en su piel, la manera en que sus ojos negros no reflejaban la luz sino que la devoraban.
«¿Era real?», volvió a preguntarse, deseando que fuera un sueño, un efecto de la fatiga. Pero entonces la cosa inclinó la cabeza ligeramente, y Juan Francisco sintió cómo esa mirada penetraba abruptamente en su mente, reviviendo recuerdos olvidados, miedos de la infancia. Y entonces, como quien sabe que ha sido descubierto al realizar una travesura, sonrió. Una sonrisa amplia, desproporcionada, y sus dientes parecían tener vida propia, brillando con una luz interna.
No sabe cuánto tiempo estuvo inconsciente. Al otro día lo encontraron en el suelo, contraído en posición fetal, totalmente aislado de la realidad. Había arañado el piso de cemento con las uñas, dejando surcos paralelos que terminaban justo debajo de la pantalla. La imagen congelada en la cámara número tres decía más que mil palabras: IMPOSIBLE. Solo cielo, solo el alambre de púas, nada más.
Nadie supo cuándo sucedió exactamente, pero Juan Francisco no demoró en sacar a su familia de aquel pueblo maldito. No habló de lo que vio, pero a veces, cuando el sueño lo abandonaba, miraba por la ventana y sentía que algo, en algún lugar, seguía observándolo. Y sabía, con certeza absoluta, que en aquel pueblo los demonios iban a comer sin temor a ser descubiertos, porque ya habían encontrado a su centinela.
- Imagen de Pixabay