Esa tarde el viento soplaba fuerte, como casi siempre pasa en los cerros. Lucas miraba la fila de casas de colores desde abajo y se preguntaba cómo hacían para no caerse al mar. Su abuelo siempre le decía que Valparaíso era como un rompecabezas que alguien había armado con prisa, pero con mucho cariño.

Decidieron subir en el ascensor, ese que cruje y se balancea un poco, solo para ver el puerto desde lo alto. Arriba, el cielo se puso del mismo tono que la casa azul de la esquina. Mientras caminaban, una gaviota se posó cerca de ellos y Lucas pensó que, si él fuera pájaro, también elegiría vivir entre tantos colores para no aburrirse nunca.
Antes de bajar, se quedaron un rato en silencio mirando los barcos a lo lejos. Se prometieron que, la próxima vez que volvieran, intentarían contar cuántos escalones había hasta la cima, aunque sospechaban que eran demasiados para una sola tarde.
**Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.**

