
Cuando era niño tenía una amiguita que era muy curiosa, le gustaba mucho hablar de que cualquier cosa era un monstruo, incluso algunas veces decía que algunas vecinas eran brujas, pero no de mal manera, más bien era que su imaginación era enorme. La verdad es que me parece que era una expresión de su soledad. No sé juntaba con ninguna niña, me consideraba a mi su único amigo, tal vez porque yo la escuchaba atentamente sin interrumpir, los demás nunca la dejaban terminar de decir lo que creía. Lo que nunca le dije es que me gustaban sus ojos grandotes, los ademanes que hacía al contar una historia y la forma en la que se emocionaba al hablar. Por supuesto que a esa corta edad todo era inocencia, ella era feliz teniendo a alguien que la escuchara y yo era feliz solo viéndola.
Cuando mi familia se iba a cambiar de casa, no hubo ningún drama, me extendió la mano, me dió un abrazo y me dijo adiós. Yo grave en mi mente sus grandes ojos y pretendi seguirla oyendo varios meses después.
Hace algunos días ví está avellana en el suelo, de pronto me pareció que era un pequeño monstruo y quise imaginar lo que ella diría, pero bueno, han pasado cincuenta años sin verla, no pude imaginar nada, tan solo sentí un pequeño dolor en el pecho.
Historia corta y fotografía