___“El universo no siempre está en el cielo; a veces respira en la sombra de nuestra propia casa.”___

Con esta nueva invitación de @Charjaim, donde nos anima a compartir una experiencia de vida al estilo de Nuestro Insólito Universo, viajé a mis años de niñez, cuando vivíamos en casa de mi abuela junto a mamá y mis cuatro hermanos.
En contexto, somos una familia de padres separados, y en ese entonces vivíamos en un poblado llamado Dabajuro, en el estado Falcón. Allí siempre convivíamos con historias de fantasmas y aparecidos. Con el tiempo entendí que, culturalmente, nos aferrábamos a ese tipo de relatos porque, en el monte, no teníamos más preocupaciones que sobrellevar nuestras vidas, y lo fantástico formaba parte de nuestro día a día. Pero al mudarnos a Cabimas, a la casa de la abuela, todo cambió.
Para explicar ese cambio en mis creencias sobre las apariciones, comparto una de esas historias de la vida real:
El Huésped de la abuela Emilia
¿Alguna vez han sentido que, en medio de la noche, algo respira… pero no son ustedes? No es un ruido fuerte ni un grito. Es algo más sutil: el crujido de una silla que nadie ha movido, el roce de una cortina sin viento, o el silencio… ese silencio denso, como si el aire mismo contuviera la respiración.
Nos mudamos a una vieja casa de ladrillo visto y techo de zinc, en el sector Guabina, una barriada casi céntrica de Cabimas. Allí vivía —o mejor dicho, había vivido— la abuela Emilia. Decidió quedarse en ese lugar por más de treinta años, pero nunca nos contó que en la casa había un… invitado. No pedía permiso, no llamaba a la puerta. Simplemente estaba.
Al principio, todos quisimos creer que eran ratones, o el viento colándose por las rendijas y jugando con las bisagras. Pero aquello fue tomando otro aire, algo más íntimo, más dirigido a nosotros. Las cucharas de la cocina no solo cambiaban de sitio: aparecían en lugares imposibles, como si alguien las hubiese dejado allí a propósito.
Los retratos familiares amanecían torcidos, siempre hacia el mismo lado, como si miraran algo que nosotros no podíamos ver. Y en las noches de luna llena —solo en esas—, el reloj de péndulo del comedor se detenía, puntual y obstinado, a la misma hora: 1:17 a.m. La abuela le daba cuerda cada mañana, sin quejarse.

—Ya es parte de la casa—, decía, como si hablara del techo o del viejo árbol de uvas playeras del patio.
Lo más extraño no era lo que hacía, sino lo que no hacía. Nunca rompió nada. Nunca nos asustó. De hecho, una vez, mi hermana menor se cayó de la cama y aseguró que alguien —o algo— la sostuvo antes de tocar el suelo. —Fue suave, como una sábana—, dijo. Nadie le creyó… hasta que, días después, la abuela encontró marcas de dedos en su brazo. Dedos largos. Les creí porque los vi.
¿Quién —o qué— era? Nadie lo sabía. Algunos vecinos juraban que se trataba del espíritu de un antiguo dueño, un boticario solitario que murió sin despedirse. Otros decían que era la casa misma, que al envejecer había desarrollado una especie de conciencia. La abuela, con su sabiduría de campo, solo respondía:
—Mientras no pida renta, bienvenido.—
Con el tiempo, aprendimos a convivir con esa presencia. Ya no nos sorprendía que la puerta del escaparate se abriera sola. Tampoco nos asustaba el olor a café que invadía la sala cuando en la cocina no había café. Construimos una especie de pacto silencioso:
—Si tú no nos perturbas… nosotros no te exorcizamos.—
¿Es normal vivir con un ente así? Tal vez no. Pero la normalidad, queridos amigos, es una ilusión cómoda que se rompe en cuanto uno escucha, en plena madrugada, el sonido de una mecedora… moviéndose sola.
¿Usted qué haría? ¿Lo expulsaría… o, como nosotros, aprendería a dejarle su lugar en la mesa por si un día decide sentarse?
Porque en esa casa, el verdadero misterio no era su presencia… sino nuestra decisión de aceptarla.
Hace años la abuela falleció, y cada uno de mis hermanos rehízo su vida lejos de ese lugar. Sin embargo, cada vez que paso frente a la casa —que sigue intacta—, les confieso que aún veo algo oscuro asomándose por la ventana.
Quiero invitar a @vaultec y a @detlev a que se adentren en este mundo tan insólito que nos une en este universo. A continuación, dejo el enlace para que se animen a participar en esta excelente iniciativa: Hacer clic aquí.

English Version
___“The universe is not always in the sky; sometimes it breathes in the shadow of our own home.”___

With this new invitation from @Charjaim, encouraging us to share a life experience in the style of Nuestro Insólito Universo, I traveled back to my childhood years, when we lived in my grandmother’s house with my mother and my four siblings.
For context, we are a family of separated parents, and at that time we lived in a small town called Dabajuro, in Falcón state. There, we grew up surrounded by stories of ghosts and apparitions. Over time, I understood that, culturally, we clung to those tales because, living in the countryside, we had little to worry about other than facing life as it came—so the fantastic became part of our everyday world. But when we moved to Cabimas, to my grandmother’s house, everything changed.
To explain that shift in my beliefs about apparitions, I want to share one of those real-life stories:
Grandma Emilia’s Guest
Have you ever felt, in the middle of the night, that something is breathing… but it’s not you? It’s not a loud noise or a scream. It’s something subtler: the creak of a chair no one touched, the brush of a curtain without wind, or the silence… that heavy silence, as if the air itself were holding its breath.
We moved into an old brick house with a zinc roof, in the Guabina sector, a nearly central neighborhood of Cabimas. That was where Grandma Emilia lived—or rather, had lived. She stayed in that place for more than thirty years, but she never told us that there was a… guest in the house. No knocks, no footsteps. It simply existed.
At first, we all wanted to believe it was rats, or the wind slipping through the cracks and rattling the hinges. But things took a different tone, something more personal, more directed at us. The kitchen spoons didn’t just move places—they appeared in impossible spots, as if someone had placed them there deliberately.
The family portraits woke up tilted, always toward the same side, as if looking at something we couldn’t see. And on full-moon nights—only then—the dining room’s pendulum clock stopped, stubbornly and precisely, at the same time: 1:17 a.m. Every morning, Grandma wound it back up without complaint.

“It’s already part of the house,” she would say, as if talking about the roof or the old sea-grape tree in the yard.
The strangest part wasn’t what it did—but what it didn’t do. It never broke anything. It never scared us. In fact, once, my younger sister fell off the bed and claimed that someone—or something—held her before she hit the ground. “It was soft, like a sheet,” she said. No one believed her… until days later, Grandma found finger marks on her arm. Long fingers. I believed her because I saw them too.
Who—or what—was it? No one knew. Some neighbors swore it was the spirit of a former owner, a solitary pharmacist who died without saying goodbye. Others said it was the house itself, that as it aged, it developed something like a conscience. Grandma, with her countryside wisdom, simply answered:
“As long as it doesn’t ask for rent, it’s welcome.”
Over time, we learned to live with that presence. The cupboard door opening by itself didn’t surprise us anymore. Nor did the smell of coffee filling the living room when there was none brewing in the kitchen. We built a sort of silent pact:
“If you don’t disturb us… we won’t exorcise you.”
Is it normal to live with an entity like that? Maybe not. But normality, dear friends, is a comfortable illusion that shatters the moment you hear, at midnight, the sound of a rocking chair… moving on its own.
What would you do? Would you cast it out… or, like us, would you learn to leave a place at the table in case it ever decides to sit down?
Because in that house, the true mystery wasn’t its presence… it was our choice to accept it.
Years later, Grandma passed away, and each of my siblings built their own life far away from that place. Yet every time I walk past the house—which remains untouched—I confess that I still see something dark peeking through the window.
I want to invite @vaultec and @detlev to step into this unusual world that connects us in this universe. Below, I leave the link so you can join this wonderful initiative: Click here.
