Aquel martes, el cielo se habĂa puesto de ese color gris suave que promete lluvia pero nunca termina de soltarla. En el huerto de los almendros viejos, el silencio solo se rompĂa por el sonido de la hierba fresca al ser arrancada.
Mora era la oveja mĂĄs veterana. TenĂa la lana larga, un poco enredada por las zarzas, y esa mancha marrĂłn en la cara que la hacĂa parecer siempre un poco preocupada. A su lado, su compañera apenas asomaba el lomo blanco entre la maleza, que este año habĂa crecido mĂĄs alta que nunca.
No buscaban grandes aventuras. Para ellas, el paraĂso era simplemente eso: un rincĂłn con jaramagos amarillos, tierra hĂșmeda y la seguridad de que los muros naranjas de la finca las protegĂan del viento.

De vez en cuando, Mora levantaba la cabeza, con una flor colgando de la boca, y miraba hacia los troncos retorcidos. ParecĂa que los ĂĄrboles, con sus ramas desnudas como dedos estirĂĄndose al cielo, le estuvieran contando secretos de otros inviernos. Pero ella solo movĂa las orejas, suspiraba un poco de vapor blanco por la nariz y volvĂa a lo suyo.
Al final, la felicidad se parecĂa mucho a esa tarde: poca prisa, mucha hierba y una amiga al lado.
**Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.**

