La foto soñada

By @vgalue1/7/2026hive-192096

La mañana en Caracas empezó como cualquier otra para Doña Elena: con el café aguado y las noticias en la televisión, rezando porque la luz no se fuera. De repente, la pantalla se iluminó con una imagen que la dejó helada. Sus ojos se abrieron como platos y la taza casi se le cae de las manos temblorosas. ¡Era él! ¡Maduro, el mismísimo Maduro, con su braga naranja y las esposas puestas, parado frente a esa pared en los tribunales americanos!

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Al principio, Elena no podía creerlo. Se frotó los ojos, pensando que era un sueño o una de esas fotos falsas que mandan por WhatsApp. Pero no, ahí estaba, con esa cara de quien ya no manda ni en su casa. Una carcajada nerviosa se le escapó, y luego, las lágrimas. No eran lágrimas de tristeza, ¡qué va! Eran lágrimas de puro alivio, de una alegría tan grande que no le cabía en el pecho.

Salió corriendo al balcón, todavía en bata, y vio que no era la única. De los edificios vecinos, la gente se asomaba, con los celulares en la mano, gritando y riendo. "¡Lo agarraron, Elena! ¡Se acabó, se acabó!", gritaba su vecino José desde el piso de abajo, agitando una bandera tricolor. En la calle, los carros empezaron a tocar corneta como locos. La gente se abrazaba, saltaba, lloraba. Era como si un peso de mil kilos se hubiera levantado de los hombros de todos.
Esa foto no era solo una imagen; era el fin de una pesadilla, la promesa de que por fin, después de tanto sufrimiento, la justicia había llegado.

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