El gato, un elegante pantera negra llamado Sombra, se estiró con un suspiro dramático sobre el mosaico de madera pulida. Estaba en una misión importante. Su vientre redondeado vibraba ligeramente, no de hambre, sino de la intensa concentración que requería su trabajo.
Su objetivo: el Viento Perdido.
Justo en frente, la mole negra del ventilador WINS zumbaba con un aire fresco y constante. Pero Sombra sabía que no era tan simple. El ventilador, que él había bautizado "El Guardián del Ciclón", no solo generaba viento, sino que lo contenía. Era un distribuidor, no la fuente.
Sombra giró su cabeza, mirando hacia el techo. La casa estaba misteriosamente tranquila, demasiado. Afuera, el sol del verano trataba de colarse por las ventanas.
—No puede ser, no puede ser —murmuró con un maullido grave.

El Viento Perdido era ese soplo perfecto, ese golpe de aire que te revolvía el bigote y te hacía sentir como un rey egipcio tendido en un fresco mausoleo. El Guardián del Ciclón lo había estado enviando con regularidad, justo a la altura de su panza, pero hacía unas horas, notó un cambio sutil: la esencia del viento se había ido. El aire era fresco, sí, pero le faltaba... alma.
Sombra se levantó con pereza calculada, como un trozo de terciopelo deslizándose. Caminó hasta el ventilador. Con su pata delantera, dio un toquecito inquisitivo a la rejilla.
—¿Dónde lo escondes, WINS? —preguntó a la máquina inexpresiva.
De repente, un destello de rojo y blanco llamó su atención. En la parte superior de la chimenea, colgaban unos calcetines navideños olvidados, con un Papá Noel risueño. Estaban quietos. Demasiado quietos.
Sombra recordó que, justo ayer, cuando el Viento Perdido estaba en su apogeo, esos calcetines habían estado bailando un pequeño y alegre ballet.
¡El misterio estaba resuelto! El Viento Perdido no se había ido; el Viento Perdido estaba siendo interceptado por algún agujero o rendija secreta de la casa, y solo quedaba el aire residual del Guardián del Ciclón. El alma del viento se estaba escapando.
Sombra regresó a su posición de estiramiento. Tenía que trazar un nuevo plan. El detective se tumbó sobre su espalda nuevamente, sintiendo el aire simple y sin alma. Cerró los ojos y se enfocó en su bigote, el mejor detector de corrientes de aire de la ciudad. El caso del Viento Perdido apenas comenzaba, y el agente Sombra no se daría por vencido hasta que el alma del viento regresara a acariciar su digno abdomen.
**Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.**

