Defender lo indefendible

By @vgalue1/6/2026hive-192096

Te voy a echar el cuento como lo viví. Yo estaba en la cola del súper, en Madrid, con mi acento que no se esconde ni aunque me calle. De repente, un tipo suelta un comentario venenoso: “ahí vienen los venezolanos, ahora que agarraron a su presidente, todos se creen mártires”. Yo me quedé frío, porque uno viene buscando paz, trabajo, un chance de empezar de nuevo, y lo que recibe es un golpe bajo disfrazado de chiste.

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No fue la primera vez. En el curro, una colega me dijo que “los venezolanos siempre traen problemas políticos encima”, como si yo cargara la historia del país en la mochila. Y en la calle, ni hablar: miradas raras, comentarios de que “ustedes son los culpables de lo que pasa allá”. Como si uno hubiera tenido la opción de elegir dónde nacer o cómo gobernaban.

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Lo más duro es que esos ataques no vienen de cualquiera, sino de gente que se dice progresista, que habla de igualdad y solidaridad, pero cuando toca abrirle la puerta al que viene de afuera, se les olvida el discurso. Ahí es donde uno siente la contradicción: se llenan la boca hablando de derechos humanos, pero a nosotros nos ven como una carga, como un recordatorio incómodo de que la política también tiene víctimas de carne y hueso.

Yo sigo caminando, con la frente en alto, porque sé que no vine a robarle nada a nadie. Vine a trabajar, a mandar plata a mi mamá, a construir algo distinto. Pero cada vez que escucho un comentario xenófobo, me acuerdo de que ser venezolano afuera es como cargar una etiqueta que otros usan para señalarte. Y duele, pana, duele porque uno solo quiere vivir tranquilo.



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