Atardecer en Rivadavia

By @vgalue12/9/2025hive-192096

Era la hora mágica en la avenida Rivadavia. No el atardecer dorado de postal, sino ese instante exacto en que el sol ya se fue y la luz de la calle compite con un morado violento y un rojo profundo que se queda pintado en las nubes. Era una paleta de colores imposible, de esas que te hacen levantar la vista aunque vayas con prisa.

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Martín estaba sentado en el borde de un muro bajo, justo al lado de una de esas bocas de subte con el círculo rojo y blanco. Llevaba una bolsa de tela arrugada a sus pies, con la cena que aún no se atrevía a comer. Miraba los faroles altos, esos que parecen flotar sobre el cruce de cables, y el cartel amarillo con el nombre de la avenida que brillaba como un faro.

La gente se movía rápido a su alrededor, con esa inercia de fin de jornada. Parejas, oficinistas con carpetas, chicos con mochilas. Pero lo que le llamó la atención no fue la multitud, sino el brillo. Los focos de los autos, tan potentes que parecían estrellas fugaces quietas, y esa luz azul intermitente un poco más allá, quizás una ambulancia o la policía, que añadía un toque de drama a la escena.

Martín no había conseguido el trabajo. Había pasado la tarde entera en una entrevista que le había devuelto el alma al cuerpo, pero al final, la respuesta fue la de siempre: "Te avisaremos". Que era la forma amable de decir "no". Sentía ese nudo frío en el estómago que no era de hambre, sino de desilusión.

Justo cuando estaba a punto de levantarse e irse, una mujer mayor que vendía pañuelos y caramelos se acercó a él. No le ofreció nada, solo se quedó mirando el cielo, con las manos cruzadas sobre su carrito.
—Mirá qué cosa, ¿viste? —dijo ella con una voz ronca y dulce, sin mirarlo—. Esos colores son una promesa.

Martín la miró, extrañado. —¿Una promesa?

—Claro. El cielo está demasiado lindo para que el día haya sido malo —la mujer sonrió, una sonrisa con muchas historias—. La ciudad te está pidiendo que vuelvas a intentar mañana. Ya te gastaste la energía en la bronca, ahora cargá las pilas con esto.

Señaló el cielo con un movimiento de cabeza. El morado se estaba oscureciendo, pero el destello rojo en el horizonte aún no se rendía. Martín respiró hondo, sintiendo el olor a escape, a comida rápida y a humedad de la calle. Era su ciudad, ruidosa, caótica, pero dueña de esos momentos de belleza brutal.

Agarró la bolsa de tela y se puso de pie. La frustración no había desaparecido, pero se había encogido un poco. Se sintió ridículo, como si la ciudad le estuviera hablando. Pero miró una última vez ese resplandor púrpura sobre los edificios y asintió.

—Sí —dijo en voz baja—. Mañana volvemos a intentar.

Y se mezcló con la marea de gente, dejando atrás el muro y esa luz mágica, llevando consigo esa "promesa" envuelta en la neón y el crepúsculo de Rivadavia.



**Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.**

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