Quizás haya quien ponga demasiadas expectativas en la huelga de mujeres, sobre todo porque la apoya alguno de esos partidos de la izquierda constitucionalista y patriota, como les gusta llamarse, (me refiero a España, aquí, “patria” y “constitución” no son sino eufemismos para los dueños del cortijo desde 1939), que podría hacernos sospechar que no se moverá nada. Hay muchas mujeres que no pueden hacer huelga, igual se les ha olvidado ese pequeño detalle.
Nosotras, que hemos estado en la primera línea de todas las revoluciones, codo a codo con nuestros compañeros, nos vemos poco acompañadas, como si los demás no estuviesen afectados por esa onda expansiva que nace del sometimiento femenino, de los distintos criterios con que se mide nuestro trabajo, sueldo u opinión, de nuestra ausencia en los centros de decisión, a no ser un par de clones de la Thatcher. Esta acción llega en vertical, de arriba hacia abajo, con manipulación y alevosía, no creo que dé resultados; pero, si la gente pudiéramos pensar con calma, sería prácticamente inmediato el cambio, puesto que sería horizontal y curvilíneo, y los políticos se darían un baño de o povo é quem mais ordena, y recordarían que están a nuestro servicio, no al contrario.

No hace mucho, andaba yo en uno de esos trabajos que no son tales, sino aproximaciones más o menos maquilladas al esclavismo civilizado (ya no te dan latigazos, eso hemos conseguido), y el jefe resulta que era un machote de la más pura cepa rural palentina. No es que lo fuese más que muchos que he conocido en otros lugares, pero no guardaba ni las formas. Yo callaba, pensando que al menos era un trabajo, como mis compañeros, cinco mujeres más y dos hombres. A los chicos se les notaba un poco avergonzados por la distinta actitud del jefe hacia un género u otro, pero callaban. Una de mis compañeras, que se declara feminista, y no es poca cosa por aquí, me ponía las orejas coloradas con sus quejas, todas hablaban mal del jefe, y yo también callaba.
Al tercer día de haber comenzado mi periplo laboral, tuvimos por fin el jefe y yo una conversación interesante que concluyó cuando le dije que no le soportaba y que me iba de allí. Miró a las demás y preguntó si alguien más quería irse, lo escuché cuando cerraba la puerta, sabía que nadie más saldría conmigo.
Habría sido una esperanza que todas se hubieran levantado, dispuestas a denunciar el ninguneo de ese señor contra nosotras. Y si los chicos también lo hubieran hecho, os aseguro que ese señor nos pide disculpas, y las habríamos aceptado, que no somos los de abajo quienes queremos las guerras.
Pero (me encantan los peros, cuando parece que ya hay conclusión, llegan ellos para decirnos que aún no está la cosa clara) un peón se movió en horizontal autonomía, saltó del tablero y aún lo están buscando para comérselo. Algo había cambiado, aunque crean que no.

Imágenes:
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https://pixers.es/fotomurales/peon-blanco-y-negro-sobre-fondo-tablero-de-ajedrez-3d-47907504