Catarsis

By @riblaeditores3/31/2026hive-179291

Uno intenta ser feliz, quedarse feliz,
andar entre tramos para encontrar el fracaso
e intentar de nuevo hasta que llegan voces distantes, calladas, que te dejan oír la resequedad en sus bocas, lo atrofiado en sus mandíbulas,
una nostalgia de barrio,
y dióxido de carbono que nos ahogaba
suponiendo que el mundo era único, sonriente, nuestro. Pero urgía sobrevivirlo incluso en la quietud,
bajo tanta noticia con un mar en medio, sin hallar un tramo propio.
Ya no fui más quien cerró aquella puerta, la respirante;
hube de recomponer los órganos sin certeza de cuándo era (o es) correcto sentarme a llorar,
¿cuándo arrancó esta voz artrópoda que come pedazo a pedazo los restos, el poco de piel y escombro remanente? Tuve miedo al clic,
a la memoria de la juventud pasada,
a no tener un rasero entre la necesidad y lo imprescindible, a esos días de ahora
donde intento ser feliz, quedarme de ese modo.

Espejo

Esta madrugada,
incontables rostros desfilaron ante mi puerta: cada uno llevaba marcada una tristeza, desvestían la conciencia.
A muchos vi respirar
junto a visitantes que justo a su lado cargaron tierra ajena bajo las uñas;
y entre ellos creí reconocer a Dios. Dije adiós a quienes vinieron,
aún sin conocerlos,
y golpeó fuerte, preciso, indetenible,
el pálpito de no temer a la muerte sino a las despedidas desde el susto que nace en el estómago.
Vi todos los rostros,
sin reconocer cuál de ellos cargaba la peor cruz.

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