
La mujer callaba. Sus ojos enrojecidos ardían de furia, mientras los miedos volvían a quebrar el dominio de su personalidad. Presa era la palabra que definía su vida: presa en la casa donde, durante veinte años, su existencia se había hecho añicos. No era un delirio psicológico, era sencillamente una verdad: todo cuanto había dicho en aquel lugar pertenecía a los demás. Su hogar tenía oídos perversos, y con la dramaturgia de una película de terror, el eco de sus intimidades se convertía en el tema central del filme. Risas y burlas azotaban el aire que respiraba; cada caída, cada grito, cada dolor, eran celebrados como triunfos por los seres que lanzaban piedras contra todo lo que la rodeaba.
Ahora arrastraba los pies sobre el polvo del patio. Llevaba días sin peinarse, sin probar café, sin comer. Su ropa desaliñada y el olor rancio de su cuerpo eran testigos de la derrota. Desde la mañana había tomado una decisión: marcharse lejos, tan lejos que hasta su nombre quedara borrado. Esa sería su batalla ganada. Alzó las manos y tocó su cabello, pero la sonrisa no acudió.
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