☘️ Extiendo mi abrazo a las amigas y amigos de esta fabulosa comunidad que cada día crece y hace crecer.
☘️Nuevamente la diligente
@damarsyvibra, convoca en holos-lotus. Y te confieso que esta vez la iniciativa me ha encantado.
☘️Tiene que ver con mi vocación de escritor pero sobre todo de lector. Semilla sembrada por mi abuela a la primigenia edad de los cuatro años.
La dicha
Yo tenía diez años, y la barbarie ya estaba sembrada en mi pecho —como debe estarlo en todo el que nace en medio de un marabuzal—. Había caminado descalzo por los trillos, esquivando espinas, arropado por el canto de los pájaros silvestres.
Allí estaba el río, el árbol, la risa, el juego. Allí estaba el cálido remanso de la infancia, esa felicidad que da vueltas en el cielo para dejar en nosotros la huella arrasadora del recuerdo.
Aquel día debió ser sábado, porque no teníamos clases. Mis hermanos, mis primos y yo fuimos a lanzarnos desde la rama del árbol a lo más profundo de la poza. Habíamos escondido entre los chores algunas latas de leche condensada robadas a la dulce de mamá, porque el hambre, cuando llegaba, nos convertía en una especie de aborígenes ingeniosos.
Tomábamos una piedra, abríamos la lata de la felicidad y bebíamos directamente, sin importar los castigos de los mayores ni los quebrantos de salud, que casi siempre terminaban en gloriosas diarreas. Así íbamos fertilizando las semillas nuevas del marabú, pues tampoco había letrina, y no es que hiciera mucha falta. O al menos, no pensábamos en eso.
Estábamos inmersos en el divertimento de rodar en trozos de yaguas, loma abajo, hasta el lecho del río, buscando alguna manzana silvestre —si es que se llamaban manzanas aquellas frutillas de cierto dulzor que parecían perlas deshaciéndose en nuestras bocas—.
El hombre
De pronto, lo vi. Allá, más allá del junquillo, de las cañas y del almácigo agridulce de nuestros trillos, había un hombre alto, canoso, muy viejo, con un sombrero en la mano. Junto a él, mi tía. Conversaban de algo que no era audible para nosotros, perdidos como estábamos en el chapoteo glorioso con que atrapábamos para siempre la felicidad.
Ese hombre era nuevo en el marabuzal. Había venido a casarse con mi tía. Minutos después estábamos ayudando a bajar cajas y bultos, y cuánto accesorio imaginable cabía en las alforjas del par de mulas con que había hecho el viaje de su mudanza.
En algún momento, tropecé y dejé caer una caja de mis manos desparramando por todas partes un montón de libros. Tomé uno al azar. El hombre me miró y me dijo:
—Ten cuidado. Es un libro muy valioso y tiene el poder de hechizarte.
Primero tuve miedo. Después, curiosidad, porque los niños siempre vencemos la curiosidad, aunque tengamos que imponernos al miedo.
Cien años de soledad, leí en la cubierta. Abrí temeroso la primera página, como quien entra a un reino encantado del que no podría salir jamás.
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo."
Solté el libro como si hubiera sido alcanzado por un rayo. El hombre —que desde entonces, y para siempre, fue en mi mente Aureliano Buendía— me miró. Debió haber visto algo delirante en mí, porque, bajando un brasero de la mula, me dijo:
—Si prometes que lo vas a leer completo, es tuyo.
El tiempo
Después, no supe qué pasó. Después, el tiempo pasó y "pasó un águila por el mar", y yo crecí. Terminé la carrera, seguí la vida normal y corriente de cada hombre normal. Pero algo había cambiado para siempre.
Aquel libro no solo me hechizó: me dio un camino, un destino. En pago escribí y publiqué Convite de cenizas, un cuadernillo de unos pocos cuentos, absolutamente deudor de Cien años de soledad.
Después llegaron Tras la piel, En este lado de la muerte, El orden natural de las cosas, Prohibido morir en La Habana, El círculo musical del infierno, La nada infinita, La sangre del marabú, La sexta caballería de Kansas, y otros.
Entre espinas de marabú y pájaros silvestres, entre latas de leche condensada y diarreas gloriosas, entre ríos y árboles que ya no existen, entré a un mundo del que no salí jamás.
▪️© Texto original y exclusivo para
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