☘️ "Crecer ayuda a crecer", esa es mi máxima cuando me acerco a esta orilla de la fabulosa comunidad de #holoslotus donde he podido compartir y aprender de personas tan armoniosas y afectivas como
@damarysvibra,
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☘️ Arropado en la primavera, motivo y destino, pretexto y cauce de la poesía, me dispongo a participar en esta iniciativa convocada por la dilecta y amorosa Maylín Valdés.
☘️ Y lo hago hablándoles de un poeta cubano y universal que supo abrir la manigua con sus manos y plantar la bandera de la palabra y su afecto. ¡Gracias, hermano!
La dicha
Yo estaba aislado. Había leído aquella novela monumental, Esperando a los bárbaros del escritor sudafricano J.M Coetzee, que el poeta Reynaldo García Blanco me había prestado. Rumiaba los trozos de amargura y desesperanza de un hombre solo, triste y al borde del precipicio. Pero entonces se hizo la magia, y ahí empezó la historia que hoy les cuento.
Antes, estuvo la noche. Había una parada de guaguas y una especie de misterio: gente que se desvanecía de tu lado para aparecer feliz en el sitio al que tú ibas. Todo era confuso, todo era nuevo, todo estaba tamizado por un manto donde la tarde cede a la noche. Los guajiros decimos que en esos momentos estamos entre dos luces. Así era.
Yo, que había publicado aquel librillo iniciático —el cual dio la vuelta a Cuba en un programa de televisión, apabullándome de una manera que no supe aquilatar—, me sentía como un demiurgo platoniano en su cueva.
El caos y la caída
Pero entonces las aguas se llevaron, violentas e implacables, las mieles de la dicha. Vino el esplendor del caos, vino la desgracia vestida de funcionario, vino la envidia, vinieron los torturadores del ego. Destrozaron mi pedacito de felicidad, golpeándome justo donde más dolía: sobre la herida abierta que funda el camino a la dicha.
Conciliábulos, triquiñuelas, almas negras frenaron mi camino para siempre. Me dejaron sin trabajo, y el cielo se unió con la tierra. El suelo tembló bajo mis pies; los años de inicio de siglo se hicieron sal, se hicieron niebla, pero también se hicieron puerta.
La mano tendida
En una de esas puertas, tendiéndome la mano como un dios poderoso e invencible, estuvo mi amigo, mi hermano el poeta Eduard Encina. Llegó con su alma llena de versos, su sonrisa franca y su cordialidad. Me supo triste, aislado, y me invitó a Contramaestre.
Nunca tendré las palabras exactas para agradecerle al gran poeta de Patmos por aquel gesto que me salvó. ¿Quién sabe si del alcoholismo? ¿Quién sabe si de un desastre mayor? ¿Quién sabe si de la muerte?
"Ven a Orígenes", me dijo. "Tenemos que hablar. Eso que te ha pasado solo le ocurre a los escritores genuinos, pero sobre todo a quienes tienen un par de neuronas en este país, donde las neuronas no importan demasiado."
El renacer
Sin trabajo y sin recursos para sostener la casa, a la deriva como una estrella rota en el firmamento local, como una nave al pairo en océanos desconocidos, andaba yo. Devoraba todos los libros que encontraba, escribía como un endemoniado poseído por la palabra, recordaba a Virgilio y a Lezama, dejaba correr lágrimas por los rincones de la casa y aprendía a lidiar con mi salud, que ahora traía de estreno la alteración de mi presión arterial.
Fui a Contramaestre. Me bañé en las aguas de su río, me bañé de poesía, me bañé de versos, de canciones, de abrazos. Sentí el corazón de Martí, enterrado en Remanganaguas, latiendo como un fuego, como una música esplendorosa que me impulsaba a rehacerme y encontrar mi camino.
En Orígenes conocí gente que hoy son mis amigos. Comprendí que un hombre no debe estar solo, aislado en las montañas, como aquellas tribus que sobrevivían a la ventisca solo con el cuidado del fuego.
Mi hermano Eduard me abrazó y me dijo: "Ahora es que empieza tu verdadera carrera. Alégrate de todo lo que te ha pasado y de lo que está por pasarte, porque de ahí saldrá la materia prima para tu escritura. Eso es lo esencial. No pierdas tu escritura: es tu brújula. Recuerda que un hombre no es un hombre: es su destino, y tu destino es escritor."
El legado
Y fui otra persona. Volví a sonreír. Dejó de importarme tener un trabajo con el Estado, dejó de importarme lo que antes solía importarme. Me centré en mi Literatura y seguí dándole fuerte, hasta dejar el alma sobre la página en blanco.
Un día, mi hermano Eduard cayó enfermo. Allí, junto a su cama de hospital, mientras luchaba por su vida, me dijo: "Lo estás haciendo bien, muy bien." Y en medio del dolor atroz que le carcomía las entrañas, esbozó una sonrisa. Quise darle un abrazo, pero temí hacerle daño. "Guárdalo para después, para cuando salga de aquí", me dijo.
Pero solo salió montado en la cresta de un huracán. El día del cumpleaños de la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba y, se inmortalizó para siempre en el jardín de los buenos seres humanos, esos a los que uno nunca termina de agradecerles los detalles que te cambian la vida para siempre.
EL PUENTE
turbio el contramaestre no se detiene
es un río delgado pero hermoso,
los suicidas de mi pueblo
van a morir allí,
saltan con deseos de abrazar el agua
pero siempre caen en la orilla
👉 Texto de © Eduard Encina incluido en el libro Lupus, Ediciones Loynaz, Pinar del Río, Cuba, 2017.