Las calles son lugares que nos igualan de alguna forma. Andamos por allí, mezclados con los otros en un devenir de mundos paralelos que se medio cruzan al esperar el semáforo. En la calle, podemos ver las aristas de la sociedad andando en una masa de apariencia caótica, pero bien ordenada en sus códigos a veces absurdos, porque somos humanos y así como se nace se muere, sin otro distingo que la vida, que es la sucesión de los momentos felices con los infelices, que van ocurriendo uno tras otro hasta que se deja ir el último aliento.
Así fue como conocí a Agustín. Me extendió la mano sin decir palabra alguna, en señal de clemencia. Necesitaba para comer. Yo, en un segundo, decidí preguntarle si podía conversar con él un rato. No les miento si les digo que su reacción fue de sorpresa y de duda. El, desconfiado porque la calle lo ha moldeado así, hizo un ademán con su mano invitándome a colocarme a su lado. Le pregunté su nombre y le solté un ¿Cómo está la vaina? lo más familiar que pude.
–La vaina está jodida chamo- me respondió después de una pausa. Me explicó que tiene como 20 años buscando en la basura.
–Rebusco en la zona del este, porque siempre botan cosas buenas que todavía sirven– me dijo, –pero últimamente botan sólo basura-.
Me sonreí con el comentario y el soltó una carcajada. Bajó la guardia y se sintió en confianza. Prosiguió
–Ando buscando plata porque tengo un nieto enfermo en el hospital y bueno, tú sabes, ayudar a mi hija con eso-.
En ese momento, se dio cuenta que yo andaba vestido de mono quirúrgico y de inmediato me preguntó si era médico. Le dije que era veterinario, y no le importó, porque igual me preguntó si los carajitos hijos de drogadictos salían anormales
–Es que mi hija se fue con un malandro y se la pasaban endrogaos. A él lo mataron unos policías antes que ella pariera y el carajito nació enfermo-.
Me lamenté por aquello y él, mirándome a los ojos y con el gesto más reflexivo que he visto me dijo
–Yo no supe criar a mis hijos, todos son putas o malandros…–
Respiró hondo y cambió el tema. Quise saber si aquello de recoger basura le servía para vivir o si era mejor buscarse un trabajo fijo, a lo cual respondió que los trabajos no le gustaban, que su negocio era ese, que eso era lo que sabía hacer y que le iba bien
–Fíjate chamo, ya tengo pa´comprarme un pollo y una coca-cola, y darle unos diez mil bolos a mi hija que pa´algo le servirán. Ya mañana veré lo que hago– sentenció convencido de que los días que vendrán serán mejores.
Agustín parecía desesperado por contar, por relatar cómo vive. Sacó un cuchillo grande de un morral que cargaba y me contó la historia de unos vigilantes que lo botaron de una urbanización sólo por el hecho de ir pasando por allí
–El vigilante de mierda ese me dijo vete de aquí viejo coño´e madre, y yo le respondí ¿por qué tienes que insultarme cabrón? y le saqué el cuchillo por si acaso se me venía encima-.
Respiró varias veces, calmándose de ese recuerdo, y me preguntó por qué la gente con solo verlo lo maltrataba y lo insultaba, de cómo eso lo afectaba, porque él solo andaba hurgando en la basura, y no se metía con nadie. Quizás sea así, porque la peor sentencia de nuestros marginados no es la pobreza sino el rechazo, la conciencia de ser invisibles y el fenómeno absurdo de ser tratados como subhumanos por el hecho de ser pobres, sucios, mal vestidos y miserables. Como si hubiesen nacido con ese estigma marcado como un tatuaje y no fueran el desecho de una sociedad que como valor primario tiene el éxito y no la solidaridad.
Tomó así Agustín su morral, se levantó y comenzó a caminar. Al irse le extendí la mano con unas monedas, las cuales rechazó diciéndome
–Gracias por la conversa chamo, siempre pido dignidad pero solo me dan monedas– y se fué.
