Esta curiosa práctica de encadenamiento epistolar tuvo su inmediato antecedente en las llamadas cartas del cielo, que contenían pretendidos mensajes a los mortales, de Dios, de Jesucristo o de la Virgen María, en un principio estaban copiadas a mano, por lo que circulaban entre grupos muy restringidos, hasta la intervención de la imprenta.
A una de estas misivas celestiales se refiere el obispo Liciniano de Cartagena a finales del siglo vi, y nada menos que todo un concilio como el de Letrán, celebrado en el año 745, se ocupó del asunto, conociéndose una admonición general del emperador Carlomagno al respecto.

