Una separación a medias
Marlén tiene 35 años y vive en un poblado alejado de la ciudad. Su historia es la de una mujer que intentó recuperar su libertad, pero chocó con el sentido de "propiedad" de su agresor. Llevaba 10 meses separada de Mario, pero él se negaba a abandonar la casa. Esa convivencia forzada era una bomba de tiempo.
El 20 de enero de 2022, Marlén decidió poner fin a la asfixia: arrojó las pertenencias de Mario fuera de la vivienda y le exigió que se marchara definitivamente.
La respuesta de Mario fue letal. Sin dudarlo, desenvainó un machete. Frente a los ojos aterrorizados de sus dos hijos menores, lanzó dos golpes. El primero impactó en el antebrazo de Marlén cuando intentó cubrirse; el segundo alcanzó su abdomen. En un acto de pura supervivencia, Marlén logró escapar a toda carrera con sus pequeños, dejando atrás la sangre y el miedo.
Durante el juicio oral, el estrado se llenó de una verdad dolorosa. Marlén y sus hijos fueron claros y contundentes. No solo fueron sus palabras; fue su lenguaje corporal —ese temblor que no se puede fingir— el que transmitió al tribunal el horror vivido aquella mañana de enero.
Como jurista me impactó mucho la actitud de Mario. Mantenía una frialdad absoluta, negando rotundamente hechos que sus propios hijos habían presenciado. En su mirada no había rastro de arrepentimiento; por el contrario, su defensa implícita era que Marlén le pertenecía. La describía como un objeto, como una propiedad que le había fallado y sobre la cual él tenía derecho a ejercer castigo.
Este caso terminó con un fallo de culpabilidad por un delito de asesinato en grado de tentativa, una victoria necesaria para la justicia. Sin embargo, nos deja como advertencia alarmante el patrón de comportamiento y el Derecho a la Vida. Sujetos con este nivel de frialdad y sentido de posesión son el origen de la mayoría de los femicidios; para estos hombres, el derecho a la propiedad privada parece extenderse sobre el cuerpo y la existencia de la mujer. Cuando permitimos que este patrón transite libremente por las calles, estamos aceptando la extinción de una mujer más. La existencia de este tipo de hombres significa la muerte latente de la mujer. Como sociedad, debemos entender que el "no" de una mujer es un derecho humano, no una provocación para la violencia.
¿Creen que el sistema legal debería ser más estricto con los agresores que conviven forzadamente con sus víctimas? Los leo.
"Los nombres han sido cambiados para proteger la identidad de las víctimas y respetar la ética profesional".
La imagen fue creada por Gemini al seguir mis indicaciones.