Cuatro paredes que resultan asfixiantes,
tan sofocantes que me mareo de inmediato,
la pintura blanca luce aburrida
y los cuadros colgantes totalmente inertes.
Las fotografías en los retratos,
me causan lágrimas en vez de sonrisas,
tantas ausencias y recuerdos volando
que me duele hasta mirar hacia el vacío.
El viejo árbol familiar se ha ido desintegrando,
dejando escombros por el piso,
deshojado cruelmente.
Algunos montados en avión, y otros en el cohete de la muerte.
La brisa levanta polvo de los sillones,
y a su vez,
momentos del pasado.
Vuelan enfilados como
hojas secas de otoño, me rozan la cara,
la piel desnuda y el corazón a una
velocidad sorprendente.
A menudo, siento que no encajo,
que la casa dejó de ser hogar,
y que los sillones no son tan
acogedores como antes.
Ya nada es igual.
La soledad se respira por cada rincón,
entre las rejas, las ventanas, las fotografías antiguas,
en la cocina, en las habitaciones, e inclusive,
hasta al cerrar los ojos.
Es como si te hundieras lentamente,
comienzas a sentir la falta de aire,
intentas salir, pero el agua te arropa,
te cubre sin dejar rastro del mundo exterior.
Me busco entre los recuerdos,
entre los mil álbumes almacenados en los estantes,
en las risas que resuenan en mi mente.
Después de todo,
existen ausencias que nos hieren,
otras que nos hacen crecer,
pero algunas ausencias
tienen el poder de destruirnos.
Ahora soy consciente,
analizo la situación,
dándome cuenta de que
la ausencia más grande,
es mi yo interior.
Las imágenes empleadas son de mi autoría, tomadas desde una cámara Kodak semi-profesional.
Fuente de columna extraída desde Pixabay:
[Árbol](https://pixabay.com/es/tronco-de-%C3%A1rbol-suelo-del-bosque-569275/)
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