
Con una culpa inherente a su ser, lo destruyó.
Fragmentó la esencia de su alma, dejando vestigios de dolor y desdicha.
De lejos, vislumbro lo que desprende su persona.
Una silueta rodeada de oscuridad y desesperación.
Un grito ahogado que aumenta la presión en mis oidos y me despoja de toda posible audición.
Me seduce la inestabilidad que embriaga cada uno de sus movimientos.
Como si una esquirla, cargada de todo su pesar, se introdujese lentamente en mi pecho.
Su fragilidad se adueña de mis pensamientos y los conduce sin dirección.
Solo me siento cómoda donde sus suspiros son protagonistas.
En ese lugar reinado, únicamente, por su lánguida respiración y los abatidos latidos de su corazón.
Entro en batalla contra su abismal ensimismamiento.
Con el propósito ulterior de ahogarme bajo su carga.
Con el designio de fundirme junto todo aquello que funge como causa.
Podría desdeñar la desgracia que inunda su alrededor.
Pero un impulso egoísta me hace añorar el admirar la descendencia de sus lágrimas.
Solo para perecer a su lado justo después de secarlas.