Decía el Conde Drácula que odiaba tener espejos en su castillo porque resaltan la vanidad del hombre. Otros aseguran no pensar siquiera en el ovalado cristal de metal pulido. Un tema controversial...
Podríamos empezar buscando «espejo» en cualquier diccionario y quedarnos con una de sus acepciones: «cosa que da una imagen de algo». Hay que ser francos, la mayoría nos sentimos atraídos hacia esa imagen, lo cual no deja de ser preocupante si tomamos en cuenta que de «espejo» deriva «espejismo», cuyo sinónimo es «entelequia». Si añadimos también estas palabras análogas del primer término: «modelo, prototipo, ejemplo y dechado» veremos que pronto nos encontramos en un aprieto.
Por ejemplo, actualmente se mantiene en boga «La ley del espejo», que define a seres humanos como cosas que dan una imagen de algo, y ese algo no somos más que nosotros mismos, o en el peor de los casos, el prototipo o modelo de lo que creemos ser. Según la ley citada, esto nos convierte en el dechado de quien nos mira. Por tanto es fácil pensar que vivimos entre el delirio y el engaño, haciendo de nuestro reflejo una entelequia inescrutable.
Dato curioso es lo que dice Dumbledore a Potter cuando se encuentran frente al espejo de Oesed, el cual refleja los deseos más profundos de una persona. Dumbledore, tan viejo y sabio cómo era, le comenta al famoso mago que el hombre más feliz de la tierra podría utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, que se miraría y se vería exactamente como es.
Así que alégrese, amigo mío, si la imagen que esa cosa le devuelve no es más que la suya. Apréciela de tal modo que cuando le toque ser modelo o prototipo de quien lo observa, tal espectador aluciné con que es feliz por un instante. Aunque parezca ficción.

La imagen utilizada pertenece a Marc-Olivier Jodoin, fotógrafo de Unsplash.com. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.