Él tiene independencia en la mirada y en su forma de reír, a veces, se le escapa un lamento, pero es capaz de comerse hasta la estrella más triste para hacerme sonreír.
Lo he apreciado triste muchas noches, con el alma rota y los pies desnudos por la ciudad; otras veces, lo veo ser gigante en medio de una tormenta. Siempre es capitán de su propio naufragio.
Y, su sonrisa, me hace tan débil, aunque a su lado siempre me siento una inmortal.