
"Recuerda", escuchó Marta a lo lejos mientras despertaba de aquél sueño recurrente. Tener que ir a esa vieja casa le producía una inconmensurable tristeza y por más que lo intentaba, no lograba entender el por qué. La mirada perdida de su frágil abuela en ese ambiente sombrío era una escena que prefería siempre evitar, por ello, entre un mar de excusas diversas espaciaba las visitas cada vez más.
Sin embargo, ese fin de semana se propuso hacer algo diferente. Para sorpresa de la servidumbre, llegó entusiasta y muy temprano con un ramo de coloridas Gerberas para adornar el salón, abrió las ventanas de par en par, esparció una fragancia de mandarina por los rincones y llevó unos ricos buñuelos de maíz, sus favoritos y los de la abuela. Mientras sonaba su selección favorita de canciones en el móvil se dispuso a ordenar la vieja biblioteca llena de libros con hojas amarillas
Marta palideció al encontrarse con el diario de su abuela camuflado entre unas enciclopedias, sin embargo la curiosidad la hizo leer por largo rato sentada en el sofá, sorprendida por la fervientes vivencias en la adolescencia de quien yacía inmóvil a su lado.
Una borrosa fotografía entre las páginas la hizo fruncir el ceño, era ella, desdibujada entre la tinta, sonriente y posando sentada en ese mismo mueble, que para entonces era un nuevo, lujoso y colorido sofá.
"Recuerda" le pareció volver a escuchar.
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