
Detrás de la raya amarilla, te vi.
Esperabas el tren, igual que yo. Sostenías tu bolso hacia un lado, igual que yo. Usabas el reloj que yo te regalé e incluso podría asegurar que olíamos igual. Te llevaste un mechón de cabello detrás de la oreja y apretaste tus lentes contra tu nariz. Linda, lindísima igual que la última vez. No sabía si huir, si llamarte, si esperar, si estirar el brazo e intentar alcanzarte. Tratando de decidir, volteas. Te vuelves y tus ojos me atraviesan, tu mirada sigue y entonces creo que me desvanecí. Tuve que desvanecerme porque tu mirada pasó a través de mí como si, en vez de un cúmulo de órganos y preocupaciones precarias, hubiese aire.
Aire, soñé por un momento que era aire. Oxígeno, nitrógeno y argón. Sin forma definida.
Gracias, Metro de Caracas. Tu fanatismo por Mecano requiere valentía.