
Malena había soñado con esa noche durante meses. Había soñado su vestido azul entallado, sus zapatos de taco fino, también azules con piedras blancas, como estrellas en una noche despejada. Se había soñado incluso bebiendo una de esas bebidas de moda, color rosa con brillos dorados en una fina copa de champán. Todo sería perfecto y ella, por supuesto, también sería perfecta. Ludovica estaría allí, pero eso no importaba, todo sería perfecto. Una y otra vez, Malena repasó en su mente las conversaciones que tendría, mientras se imaginaba sonriendo con sus inmaculados y costosos dientes perfectos.
Finalmente se hicieron las seis, y Malena se sirvió una copa de vino, puso música en la sala, y comenzó a maquillarse. El vestido era soñado, y le quedaba mejor que en su imaginación. El azul resaltaba sus ojos y le daba un aire sofisticado y sexi, y el pelo recogido dejaba al descubierto su espalda y hombros desnudos y muy bronceados. La música terminó mientras apuraba la copa de vino, y entonces Malena se apresuró a poner otro disco de pasta. El jazz inundó de inmediato los largos pasillos y las habitaciones vacías y oscuras. Malena se puso los zapatos, cogió las llaves del auto, y salió.
Apenas se sentó en el auto prendió el stereo. Tenía un nudo en el estómago. Cerró los ojos, respiró por unos segundos, y partió. Malena no recordaba la última vez que un evento social le provocó dolor de estómago. Probablemente antes de casarse, o durante el divorcio de su primer esposo. Con el segundo todo fue más fácil. Vivió el proceso casi como si fuera un deja vu, y sin embargo allí estaba ahora, sintiéndose mucho más pequeña que sus pensamientos.
La noche estaba cálida y sabía que el evento tendría lugar en el jardín. La estancia ceremonial del jefe tenía un enorme jardín con piscina, que decoraba con luces pálidas, pequeñas y altas mesas redondas de jardín, y sillas con almohadones de diseños bohemios. El lugar estaba lleno de glorietas con enredaderas y plantas colgantes, y en los eventos se llenaba de mozos con trajes negros, y bandejas con diminutos bocadillos o copas de vino o champán. Era un pequeño paraíso terrenal, pero Malena amaba sobre todo la forma en que las luces y las siluetas alargadas, con hermosos vestidos costosos, se reflejaban en el agua azul celeste de la piscina, y se desdibujaban. En cada evento en la estancia, Malena se había escabullido para disfrutar por unos minutos de esa vista, desde un rincón oscuro y acompañada sólo por una copa de vino. Aprovechaba los momentos en que nadie le insistía con alguna conversación, y sobre todo cuando sentía que ya no podía mantener una conversación vacía más con nadie. Fue desde allí cuando vio por primera vez a Ludovica, que trabajaba en otro departamento, y por ese motivo no se la había cruzado nunca en el trabajo, y a decir verdad, nunca habían hablado mucho, y sin embargo sentía una horrible presión cuando la tenía cerca, como si la estuvieran juzgando en silencio.
Durante toda esa semana había tenido fantasías con esa noche. Creaba y recreaba diálogos, reía enseñando sus inmaculados dientes nuevos, y sin embargo, hasta en estas fantasías se volteaba cada tanto, disimuladamente, a observar a Ludovica. En su fantasía, la veía con un vestido amarillo hasta los pies, con aberturas a los lados, zapatos bajos y el pelo suelto, ondeando salvajemente con la brisa, subiéndosele a las mejillas y mezclándose con las pecas. Los ojos verdes se le reían junto con la boca, que dejaban entrever sus dientes pequeños y apenas torcidos. Sin embargo, no la vio en la estancia hasta más o menos entrada la noche. La versión real de Ludovica llevaba un vestido color crudo, tejido al crochet, hasta los pies, sandalias trenzadas chatas y el pelo suelto, salvo por una trenza que hacía de vincha, impidiendo que los rizos le taparan las pecas. Por supuesto, sus hermosos ojos verdes se reían con su boca, de un rosa pálido, totalmente natural y sin maquillaje. Ludovica parecía brillar más fuertes que todas las pequeñas lucecitas, se reflejaba con más fuerza en la piscina. Malena se sintió de golpe un poco más pequeña. De repente sintió que todo era un error. Que su maquillaje, y todo el tiempo que había invertido en ponérselo prolijamente frente al enorme espejo de su habitación era ridículo, y la hacía ver rara. Lo mismo sintió al instante sobre sus dientes nuevos, blanquísimos y parejos, que resaltaban bajo sus labios rojos. Era como si Ludovica se hubiese llevado todas las luces del lugar. Siempre era así con Ludovica cerca.
Malena aborreció su vestido azul, tan oscuro, tan formal. También su peinado recogido, que la hacían ver tan estructurada y mayor. Pero sobre todo, aborreció la conversación que estaba teniendo con un colega en ese instante, sobre las variedades de uvas y vinos. Aborreció fingir que sabía un poco sobre el tema, pero no lo suficiente, y que le interesaba inmensamente que un hombre mayor y elegante se lo explicara todo. Se imaginó a Ludovica riendo a sus espaldas, sin siquiera notarla, en una exquisita conversación de lo que quisiera y con quien le plazca. Se la imaginaba bailando sola, con una risa sincera en su rostro, descalza, quizá en alguna playa, frente a una fogata terrible y hermosa, bajo un cielo azul oscuro con millones de estrellas brillando. O quizás bailaba en su casa, agitando su pelo rebelde, riendo con toda la cara. Se la imaginaba sola, en una pequeña casa, con un hermoso jardín lleno de flores, y con una cocina amarilla o verde lima, con olor a limón y bizcochuelo. Bailando jazz, regando las plantas, recogiendo hierba fresca del jardín para la cena. Toda la luz que la rodea es tenue y clara, como la que ella misma emite. La imagina en silencio, absorta en un enorme libro, sentada cómodamente en un sillón, con un té y una rodaja de budín frente a ella. En silencio cenando sola, increíblemente serena. En silencio, con todas las luces apagadas, sirviendo un vaso de agua para la mesa de noche. En silencio, sólo con la luz de la luna que se cuela por la ventana, durmiendo entre mantas y almohadones.
Esa noche volvió temprano del evento. En casa, el disco de pasta había terminado hacía horas, y las luces seguían encendidas, mostrando el recorrido que había hecho antes de salir. Los largos pasillos seguían vacíos y oscuros, y las sombras parecían engullir aún más aquellos lugares de la casa que todavía no había perdido.
Se descalzó y se sacó el hermoso vestido azul, y tiró todo al fondo del placard, quizá sentenciándolos en silencio. Se lavó el maquillaje y se acostó, dejando la puerta de la habitación entreabierta, para que se colara la luz. Esa noche soñó que se apagaban las luces de otra habitación, reduciendo su lugar transitable de la casa. También la soñó a Ludovica, sonriendo radiante, con una cámara de fotos en las manos, capturando las borrosas luces en la piscina de la estancia. Se la veía como siempre, feliz, atrevida, rebelde. Sin una pizca de duda.
Desde la pared de enfrente, la observaba solo el retrato de su madre, con su cabello castaño suelto, el rostro lleno de pecas, y unos inertes ojos verdes.
(Pequeña ficción escrita por mí, espero la hayan disfrutado! Los leo ❤)