¡Adiós!

By @alevil7/2/2018cervantes

No me duele. Más bien siento como una vibración leve, una cosquilla en algunas partes del cuerpo. Rápidamente entendí lo que pasó, me serené y ahora solo espero no dormirme antes de ver a mi hijo y a mi amorosa Magaly.

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Es raro, pero ahora me veo siendo un bebé, apenas de un día de nacido, llevado en brazos por mi padre, con sus brazos fuertes de albañil. Salió del hospital, caminó hacia la autopista y la atravesó con seguridad, mirando a un lado y otro. Pronto llegamos a casa.

A mi madre nunca la conocí.

Luego vi al zagaletón que era, con unos 10 años, flaco, de largas extremidades, siempre activo, corriendo. Con mis primos hacía competencias y yo siempre ganaba. Pasaba primero y nunca se me acercaba un carro. Una vez Henry fue golpeado por el espejo retrovisor de un Toyota Corolla. Se le hizo un morado en el costado. Pero le dolió más la paliza que le dio mi tía.

Cuando regresaba del liceo, obligaba a Magaly a pasar, agarrados de la mano. A ella le daba pavor. “Ya vi mucho muerto”, decía. Pero conmigo nunca había peligro.

El cosquilleo va desapareciendo de a poco, como si en una gran ciudad se fueran apagando las luces, primero las más lejanas. Henry llegó y se puso las manos en la cabeza. Se acercó y me acarició la frente. Es mi primo preferido.

Recuerdo la vez que pasamos un susto porque atravesamos borrachos, a media madrugada. Una gandola sin luces, conducida por otro borracho, casi nos arrastra. Celebrábamos el nacimiento de Manuel, mi hijo.

Ese día juramos usar la pasarela, pero como todas las promesas de hombres ebrios, no duró nada. Además, con toda una vida toreando carros, qué nos podía pasar.

No contaba con la pérdida de reflejos que deja el paso de los años.

Manuel y Magaly llegaron llenos de lágrimas y abrazados, con Henry detrás, apoyándolos. Se acercaron. Magaly me besó por última vez y mi hijo me pidió que lo bendijera. Lo hice, pero no sé si me oyó.

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