Viaje al origen del sonido (cuento corto)

By @abelarte4/17/2026hive-179291

Casi podía jurar ver cómo sus plantas crecían sanas, vigorosas con los colores más hermosos de todos. Pero no solo las plantas, vió que la música, al igual que a sus plantas, lo hacía mejor, más completo, feliz, perfecto. Le dijeron que les pusiera música clásica y lo hizo. No obstante, los cactus y los árboles frutales no disfrutaban tanto de Mozart, Bach o Vivali. Ah, ellos preferían del buen rock and roll. Algunos del power metal, otros del heavy, grunge o alternativo (sobre todo los mangos), pero siempre el rock.
Por esa razón en su casa podías disfrutar de la mejor ópera, música de concierto o rock que pudieras pedir. También encontrar las calabazas de un metro de largo, jugosos mangos durante todo el año y al alcance de la mano, piñas, manzanas, uvas, fresas, cítricos y cualquier planta por más exótica que la busques. Todo, en su casa, y floreciendo al ritmo de la música y una eterna coreografía de colibríes.
Pero nunca fue suficiente.
Al menos, no desde que le hablaron del sonido de la naturaleza. Ese sonido primigenio que causó que brotara la primera semilla en el mundo. Algunos cuentan que es la voz de la madre Gaia, su risa, su llanto o quizás su llamado, pero es ella la emisora de aquel milagroso sonido. Le contaron que nunca hubo un Dios, ni un Big Bang, sino Gaia y el su voz lo que originó la vida en el universo.
Algunos aseguran que es ella la responsable de que aún estemos vivo.
Por eso él dejó instrucciones para el cuidado de sus plantas y salió en busca de Gaia. El sueño de lo que pudiera realizar, todo lo que podría crear de conseguir aquel sonido, ese, era el impulso necesario para que se adentrara al corazón de la selva amazónica.
Durante meses anduvo, grabadora en mano, por cada tramo de la selva. Gastó fortunas en traductores, guías, pistas y cualquier otra cosa que lo llevara un poco más cerca de su objetivo. Prestaba atención a cada sonido, ruido que revelara el hogar de la madre tierra. Varios fueron sus puntos de referencia: las estrellas, los ríos, el tono de la vegetación, incluso, contrató a lectores de las entrañas de los peces.
Y nada. Gaia no estaba en en Amazonas.
Tomó un avión hacia a Japón, de ahí a cada una de las islas de Oceanía, a la selva de la India, anduvo por cada tramo de la muralla china y su inmenso imperio asiático. Nada. Años vagó por cada continente, cada selva, pradera, zoológico, incluso los desiertos más remotos y estériles fueron revisados palmo a palmo.
Tuvo un atisbo de esperanza mientras exploraba las pirámides egipcias y vio que unos jeroglíficos aún sin traducir, pero todo quedó en eso, esperanzas.
Sobrevoló cada una de las figuras del mono, pelícano, araña, ballena, el colibrí y cuanta figura había en el valle de Nazca. Todas se le aparecieron una noche retozando en sus sueños, cantándole una nana. Al amanecer sobre un cesped imposible en aquella zona, indicó a su guía que lo llevara hasta la Tierra del Fuego. De ahí se unió a una expedición que se dirigía al polo sur. Nadie entendió cómo ni por qué aquel capricho de viajar hasta el sitio más inhabitable del planeta, más solo quiso que lo dejaran ser. No decía más nada.
Se limitaba a tararear aquella nana.
Tres meses después, el barco ancló cerca de un campamento científico, desde donde lo vieron perderse entre la nieve. Iba casi sin abrigarse, pero no quiso ayuda. Alegaba que Gaia lo protegería. Tomó su mochila,q equipos y partió hasta el interior del continente con la mera protección de aquella idea y la nana. No dejó de tararearla durante los quince días de camino hasta llegar a una enorme montaña. Estaba cansado, así que se acostó a dormir sobre la nieve. Al amanecer supo dónde comenzar a cavar gracias a la misma nana, quizás también guiado por las estrellas. Quizás fue pura suerte, pero bajo capas de nieve, se encontraba la entrada a una cueva.
A pesar del gélido exterior, adentro estaba cálido. Encendió unas luces y anduvo por entre los túneles hasta llegar a una habitación inmensa tapizada con plantas y frutas nunca antes vista. En el centro, halló una esfera enorme, congelada. Se acercó y miró al interior. Allí estaba ella, lo supo en lo más hondo de su ser. Pero estaba atrapada en el hielo. Tomó un pico y comenzó a golpear la esfera. Esquirlas tras esquirlas fue abriéndose paso. Casi no le quedaban fuerzas. El impulso de la nana iba perdiendo su efecto. Mientras más se adentraba en la esfera, más se notaron los efectos de los días sin alimento, sueño y calor. Cada golpe era un tormento, pero no cesó ni un instante. De pronto, supo que con el siguiente, llegaría a ella. Podría verla con toda claridad. Ella también. Sin embargo, solo entonces, ya con el brazo en alto, se cuestionó ¿cómo ella había terminado ahí? ¿Qué iba a suceder si la liberaba?
La nana volvió a zumbar en su cabeza, en sus oídos, con más fuerza, con promesas de vida, verde, alimentos, paraíso. Todo era bueno. Todo era perfecto.
Quizás, demasiado bueno y perfecto.
Así que temió que con el próximo golpe, la vida en la tierra, tal y como la conocía, llegara a su fin. Incluso la suya.
Mas él golpeó e hizo un pequeño agujero por el que un zumbido, un rápido aleteo se dejó escuchar. Extrañado, ansioso, continuó abriendo el orificio hasta ver el interior de aquella esfera.
Justo entonces la reconoció. La descubrió en el vuelo de aquel colibrí, así reconoció a Gaia, sus líneas en el valle de Nazca, su voz en la sala de su casa, bailando al ritmo de su música para sus plantas.
El colibrí voló hasta detenerse al frente de su rostro y lo besó. Luego, partió hacia el exterior, dejando un manto verde y creciente tras de sí.
Él no hizo nada más que sentarse dentro de la esfera y esperar.
No estaba seguro de cuando, pero ella, si regresaba lo encontraría allí en la esfera, sentado.

61

comments