Una brecha en la realidad

By @abelarte4/23/2026hive-179291

—La vida es una mierda.
Me dice Senia sin quitar la vista del horizonte. No tengo idea del por qué de aquella frase. Hasta ese instante solo habíamos hablado de películas y libros. Llevábamos un par de horas conversando en la azotea de mi casa, bebiendo unas cervezas. Ya vamos terminando la caja, así que creo que se está poniendo sentimental. Ahorita seguro que comienza a cantar rancheras.
—¿A qué viene eso ahora, así de repente?
—A que cada vez es más difícil todo, cuando debería ser más sencillo. Es una especie de paradoja. Todo se complica porque, a medida que vamos descubriendo cosas nuevas, las cosas se nos hacen más difíciles a nosotros, los de abajo. Por ejemplo, ahora es más fácil escribir, más fácil publicar, con las auto publicaciones en Amazon y las editoriales pequeñas, pero es más difícil vender. Por otro lado, es más difícil escribir algo nuevo, diferente. Cada vez que se me ocurre algo que creía nuevo, ya alguien escribió algo parecido. Y así pasa con casi todo en la vida.
—Siempre hay algo de lo que se puede escribir. La vida está llena de maravillas aún sin descubrir.
Senia es buena, pero cuando se mete en esos canales o en el de la burla cruel, dan ganas de empujarla al vacío, delante de un carro o algo similar, y así liberarla de sus “problemas existenciales”.
—¿Sí? ¿Cómo qué?
—La anomalía del agua, por ejemplo —es lo primero que vino a mi mente.
—Eso no es nada interesante. Necesito algo más sustancioso, que me haga dar ese salto de fe y que me mueva el mundo bajo mis pies.
—Bueno… tengo una cosa para ti. Esto es algo que no puedo explicar, pero, ya que hablamos de fe…
—Dale, suelta, ¿o es un secreto de estado?
—Es que no sé si me vas a creer.
—Depende…
—Mira, chica, igual te lo diré. No sé qué sucede ni por qué, pero desde esta altura y en este lugar donde estamos, existe una brecha en la realidad donde la física no se cumple. Bien podrías escribir sobre eso.
Ella se queda mirándome, sus cejas se arquean dándole una expresión de incredulidad tal, que creo que se va a reír de mí. No sería la primera vez.
—Ah, ya. Ok. Te agradezco la idea, es interesante para un cuento de ciencia ficción. ¿Por qué no la escribes tú? ¿Cómo se te ocurrió?
—Lo he pensado. Pero, mira, no es una idea de ciencia ficción ni de fantasía, es verdad. A ver, te explico. Estamos en un cuarto piso, bastante alto. A diez metros del suelo, aproximadamente, ¿cierto? Lo lógico es que lo que se caiga de aquí al jardín, se haga mierda. Y si cae en el lobby del edificio, peor, ya que es de cemento.
—Exacto. ¿Cuál es la brecha en la realidad? ¿Si saltas caes en otro universo?
—No, chica, te hablo en serio. Lo que sucede es que lo que se caiga desde aquí, no le pasa nada.
Senia termina la cerveza de una vez, la pone en la mesa junto a las otras, camina hasta el borde de la azotea y mira hacia abajo.
—¿Estás jugando conmigo? Esto está alto cantidad. Ni cayendo en el jardín se salva alguien. Creo que se te subió la cerveza a la cabeza. A ver, como idea para un cuento está buena, eso sí.
—Oye, que es verdad. Puedes preguntarle a mi mamá, a Rey y a cualquiera de este edificio.
Agarro un par de cervezas y me acerco a ella para dale una. También observo hacia abajo.
—Mira para ahí, al lado de la mata de romero. Ahí cayó la perra de mi mamá. El pobre animal no estaba acostumbrado a las alturas ni a la azotea… además que era bruta cantidad. Un día no midió bien y se cayó de aquí y no le pasó nada.
—¿Nada de nada?
—A mi mamá casi le da un infarto, pero a la perra, nada.
—No era su día, solo eso. ¿Qué raza era?
—Una salchicha.
—Ah, por eso fue. No pesa nada. Quizás una corriente de aire le suavizó la caída.
—Pudiera ser, pero no. Ella no fue la única que se cayó de aquí. Recuerda que yo criaba palomas aquí con Jesús. Bueno, él también se cayó un día, tratando de coger una paloma. Ese se lanzó a cogerla, tropezó con una de las trampas y rodó hacia abajo. Créeme, no hay corriente de aire que lo aguante.
—¿Y no le pasó nada?
Senia vuelve a mirar hacia abajo, incrédula.
—Solo unos arañazos y un esguince en la muñeca.
—¿Tú estás jodiendo, verdad?
—Te lo juro. Y hay más.
—Ah, ¿en serio?
—Sí. Después de eso, se han caído macetas, una casilla de palomas, con palomas adentro y lo último, fue mi celular. Y nunca pasó nada de nada. De hecho, mi celular fue a caer al cemento. Cuatro pisos y nada. Bueno, solo una cuarteadura en la parte de atrás.
—No me jodas. A ti de verdad que el alcohol te hace daño.
—Oye, te lo juro por la pura. Incluso, hay cosas que se han caído y han aparecido en otros lugares. O sea, no se llegaron a caer… se trasladaron, por así decirlo. Esa es la razón por la que no abuso de dejarme caer por aquí, cuando estoy apurado.
—Está bien, está bien, si tú lo dices. Mira, chico, creo que si grabas lo del celular, Xiaomi te pagará por la publicidad. Ahí tienes un dinerito fácil.
Me lo dice y comienza a reír, aunque trata de aguantar la risa, lo que hace que suene más burlona.
—Cóño, chica, mira que trato de ayudarte y te burlas. Me la pones muy difícil.
—¿Qué querías que hiciera? Sé que tratas de ayudarme, pero, de ahí a creerme este cuento, hay una diferencia.
—Pero, es verdad. La evidencia está ahí mismo, a tu alcance. Pregúntale a Rey, a mi mamá o a quien quieras. O, mejor aún: salta y lo verás por tú misma.
—Sí, claro. Digamos que es cierto. ¿Cómo explicarías eso?
—No tengo idea. ¿Magia, ciencia? ¡Qué se yo! Yo no soy científico.
—Magia, sí, debe ser eso, muy “lógico” ese razonamiento.
Se continúa riendo, ya sin tratar de disimularlo.
—Chica, ya me estás acomplejando. ¿No conoces cosas que no tienen explicación? Al menos, de momento. Dime algo de la anomalía del agua, que tan aburrida te parece, o al evolución, o Dios…
—O esta brecha en la realidad que apareció “mágicamente” en tu casa y de la que nadie sabe.
—No por eso deja de ser cierto. Es más, voy a saltar para que veas…
—No, no. Espera, que no es para tanto. Verdad que a ti el alcohol no te asienta bien.
—La brecha está ahí, Senia, lo creas o no. Yo te digo que está, si no me crees, demuestra que te miento.
—¿Siempre estuvo aquí?
—No tengo idea. Aunque recuerdo que mientras construían el edificio, hace más de treinta años, un hombre se cayó y tampoco le sucedió nada. Cayó sobre una loma de arena. Pero eso me lo contaron, no puedo asegurar que fue por la brecha.
—¿Y si se cerró o se cierra por momentos?
—Bueno… eso no lo sé. No puedo decirlo. Lo que sí te puedo decir es que desde que tengo conciencia, la brecha está aquí y tengo testigos. Esa es mi evidencia, te toca a ti comprobarlo o desmentirme.
—Es verdad. ¿Y cómo probaríamos lo que afirmas, señor descubridor de la octava maravilla?
—Coño, si vas a molestarme por eso, mejor lo dejamos así. Creo que ya debes para con la cerveza.
—Ah, no. Si me dices que es verdad, entonces tienes que demostrármelo y entonces pararé con la cerveza.
—Ahora mismo, solo se me ocurre una forma, pero no te va a gustar. Pero ya me has sacado del paso.
—No te preocupes por mí, que estoy bien, ¿cuál es?
—Bueno, si es así, te la muestro. Nos vemos abajo.
Le dije y la empujé. Solo queda bajar y decirle ¿viste? Te lo dije. Por sí o por no, esta vez, bajaré por las escaleras. No sé si es el alcohol o qué, pero ahora mismo me ha hecho dudar la muy cabecidura. Si algo le pasa, le puedo echar la culpa a que bebió demasiado. Aunque eso no será necesario.
La ciencia exige sacrificios, ¿verdad?

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