Hacía meses que le tenía ganas. No es que no tuviera otros mates en la cocina, pero el Imperial es otra cosa. Cuando lo saqué de la caja, lo primero que me golpeó fue ese olor a cuero legítimo, de ese que perfuma todo el ambiente.

Me quedé un rato mirándolo sobre la mesa. El brillo de la virola de metal estaba impecable, casi daba lástima usarlo y que perdiera ese "brillo de espejo". Lo toqué por todos lados, sintiendo la textura de la costura y la firmeza de las cuatro patas. Es un mate que tiene peso, que se siente importante en la mano.
Esa noche no aguanté. Sé que muchos dicen que hay que curarlo con paciencia, dejarlo reposar un día entero con yerba usada y un chorrito de agua tibia, pero las ganas me ganaron. Preparé el termo, acomodé la yerba dejando el hueco justo y puse la bombilla con cuidado, como quien acomoda una pieza de relojería.
El primer sorbo fue especial. Todavía se sentía un poquito el gusto a la calabaza virgen mezclado con el amargor de la yerba, ese sabor que solo se siente una vez en la vida de cada mate. Me senté en el rincón de siempre, con la luz baja, y me quedé ahí un buen rato, simplemente cebando y pensando.
Dicen que el mate es para compartir, pero el estreno de un Imperial me pareció un ritual más bien solitario. Es como presentarse, conocerse. Ahora sé que este va a ser el que me acompañe en los madrugones de laburo y en las charlas largas de los domingos. Ya no es solo un objeto de cuero y metal; desde hoy, ya tiene alma.
**Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.**

