A Jorge se le terminó la suerte justo en la puerta de su casa. Hacía dos años que cuidaba esa Jeep negra como si fuera de cristal, pero el fierro es fierro y hoy, lunes al mediodía, el motor decidió que no quería trabajar más.

Se quedó ahí parado, con su remera azul, mirando con una mezcla de bronca y resignación cómo el muchacho de la grúa enganchaba el cable. Lo que más le molestaba no era el ruido del malacate, sino que todo el barrio lo viera ahí "tirado". El vecino de la vuelta pasó caminando con su morral, como si nada, ni siquiera lo saludó para no hacerlo sentir peor.
—¿Es muy grave? —le preguntó Jorge al de la grúa, buscando un poco de consuelo.
—Y... estas máquinas son así, cuando se quejan es porque algo les duele en serio —le contestó el tipo mientras ajustaba las cadenas.
Mientras la camioneta subía lentamente por la rampa, Jorge manoteó el papelito de un tarotista que estaba pegado en el poste de luz de enfrente. Lo miró un segundo y pensó: "A lo mejor me conviene llamar a este antes que al mecánico, a ver si me cambia la racha".
Al final, se quedó solo en la vereda con la llave en la mano y el espacio vacío donde antes estaba su orgullo. Suspiró, se dio media vuelta y entró a su casa pensando que, al menos por mañana, le iba a tocar amigarse con el colectivo otra vez.
**Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.**

