Imagen de LATUPEIRISSA en PixabayCada amanecer es una oportunidad.Cada amanecer es una oportunidad. Es lo que siempre decía Maíta, lo repetía como un rezo, una plegaria dicha al viento sin esperar a que alguien la oyera. Si alguien sabía de tiempos duros y panes aún más duros, era ella; la séptima de nueve hijos, la última muchachita. Su destino ya estaba marcado. Ella nació con la tarea de quedarse con los viejos hasta el final de sus días (no está claro si el final de ella o el de ellos) Su nombre: María, quedaría en garabatos de cuadernos de olvido. Su destino no ameritaba que supiera de letras o libros. El tiempo se fue acurrucando en las nubes arremolinadas que después fueron lluvia en septiembre. Su inocencia se acuclilló jugando al escondite con los muchachos de la cuadra; así una de tantas veces se escondió niña y la descubrieron mujer. Luchó. Sin duda alguna. Enfrentó el reclamo que disparaban los ojos de los viejos. Rabia y decepción crecían igual que su juvenil vientre. María apenas comía y se tapaba la cabeza con la almohada empapada de llanto, guardándose de las cuchillas que entraban por sus oídos día tras día. Solo un pedimento lanzaba a quién pudiera interesar, suplicaba que su muchachito no oyera aquella letanía. Alguien arriba o abajo, quién sabe, escuchó su ruego. Matías nació el penúltimo día de aquél año; se convirtió en la melodía de propios y extraños. Matías nació sordo. Eso lo hacía inmune a las quejas, así creció para alegría de María y los viejos, siendo luz de aquella casa. Aprovecho cada amanecer aquél muchacho, tal como decía Maíta; plegaria dicha al viento sin esperar a que alguien la oyera, o al menos… tal vez Matías.